18-ag-2007
Finalmente anuncia la noche, la casi madrugada, la brillante amenaza de fiesta.
El primer vistazo a posibles amistades, palabras, cercanas ebriedades y coincidencias con los aquí nativos.
La noche se introdujo dichosa, el mismo viento meloso que por el auricular me cantó un saxofón, llega ahora helado a Quebec para arrebatarme una sonrisa.
Salí flotando y con espíritu liviano, llena de la sensación de que nada podrá derrotarme, precisamente porque no salí a la batalla sino a pactar tregua en campo extraño.
El frío, las palabras incomprendidas, el auto veloz dirigiendose a un bar, un antro, una discoteca, un poolbar, un tumulto de voces, gritos con aliento a cerveza, caras desconocidas.
Entramos, de la mano me condujeron al corazón del lugar, la fuente de bebidas. Se abrió mi gargante con fuego sabor anís.
Piso tras piso, bebida tras bebida, ruido infame, luces verdes, caras como de mal sueño: vertiginoso sin llegar a marear. Pista de baile y más alcohol: whisky, ron, tequila, todo en un trago; y más palabras, y carcajadas desbordándose de mis oidos. Palmadas amables, vaporosas relaciones. Esto parece gallinero de errantes. Me llegan ráfagas de aire sobre el pecho acalorado: guasa entre los pasos de baile de las ya amigas.
¿Pero qué diablo de idioma es este? Inglés, francés ¿simple y llano quebeco? Cruel mezcla de todo para revolver estómagos extranjeros. Cuatro años aprendiendo palabras para llegar aquí a aprender a tartamudear de nuevo... Al final la risa y la ebried
ad son universales, no necesitan idioma.
Tres de la madrugada, feliz regreso a casa. No son mis fiestas, no son mis amigos, ni es mi música; pero quizá lo serán, y ya seré yo otra la que vuelva a entrar a esas colmenas verdes esperando escuchar mi nombre entre la multitud de zumbidos.







