miércoles, 17 de octubre de 2007

Fragmentillos Canada: Montreal



28-julio-2007




La llegada: pasmosa, indiferente; lo nuevo ya no es nuevo y poco a poco la conciencia se abre paso. Primero en las miradas: apenas a los cuatro o cinco minutos; después las voces: zumbidos que pasean una que otra palabra familiar, ninguna absolutamente mía.


De pronto me azota la sonrisa y me percato de lo pasmoso que nunca dejó de ser, de la belleza de un mundo absolutamente listo para estrenar y que al mismo tiempo tenía yo entre mis dedos como pianistas que sin pensar interpretan: Estoy lista para que el mundo sea mio.
Montreal me recibió con brazos de viento cálido y yo lo besé con los rizos de mi cabello. Por un momento y todo un día desmesurado y alegre, lo olvidé todo. Nada me ata, nada me llama, nada me escribe: mi desconexión es total.
Por instantes me hizo cosquillas la hoja en blanco, deseosa de jugar conmigo; y mientras yo paladeaba la pluma buscando esa primera frase para comenzar mi vida, la hoja me paseaba por viejos escenarios que como niña, viví de nuevo: me fotografié entre pingüinos y bosques, entre mariposas y flor de loto.

De súbito encajo, los negros ya no son negros, ni los blancos son blancos; español, francés, inglés, chino, la gente vuelve a ser gente. La belleza física es sólo la incandecencia de la novedad. Y de pronto vuelve ésta a posarse sobre mi hombro, puedo levantar la cabeza y recordar que los ojos verdes no son nubes ni sonrisas, sólo son ojos verdes, la mirada no tiene color. Aunque a mi mente llegue la mirada café avellana.
El mundo es infinitamente mío, la hoja está infinitamente vacía, ya abierta a los besos de tinta; y yo, pasé de la más infinita y dichosa compañía, a la más absoluta soledad.


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